Martes, 02 de Septiembre del 2014
Documentación >> Personajes Históricos
AZAñA, Manuel
En Política, n 42 dic-2000/feb-2001

"Fue en las calles de Madrid, donde la monarquía constitucional creada y mantenida por el liberalismo del siglo XIX, se allanó ante su enemigo histórico: el republicanismo", escribió el hispanista inglés Raymond Carr. Quizá por ello, la República no se olvidó de Madrid.

Durante los largos años de la monarquía, la capital del reino se había llenado de aparatosos y costosos deberes, pero era impensable que pudiera reclamar "derechos para realizar su función de capital de España", como escribió El Sol. Con la llegada de la República, en cambio, se piensa que "la exaltación de la idea de capitalidad es indispensable para el funcionamiento nacional del régimen, para la prosperidad y armonía de la nación entera". Por ello, tanto por iniciativa de Manuel Azaña, como de Indalecio Prieto, se concede a Madrid, como capital de la República, una asignación de 80 millones de pesetas a invertir en diez años. Porque España -ha escrito Manuel Azaña- necesita a Madrid. Y por ello, ante las Cortes de la ley de Capitalidad, vuelve a una de sus viejas ideas. "Si Madrid no existiera sería preciso inventar -digámoslo así- la capital federal de la República española ya que Madrid es centro (...) donde vienen a concentrarse todos los sentimientos de la Nación, donde surgen y rebotan a todos los ámbitos de la Península las ideas, saturadas y depuradas por la vida madrileña en todos sus aspectos". Azaña, cuya opinión comparten muchos de los miembros de su generación, desea "que Madrid responda a su nombre de capital de la República y elevarlo a aquella grandeza que queremos dar a la República española".

No se trata de crear una nueva idea de Madrid, diferente a la que desde siempre se había venido gestando, sino que al declararlo su capital política se decide hacerle modelo de la España republicana. Así, Madrid se convierte por primera vez en su historia, dijimos, en cuestión de Estado. Es Azaña, Presidente del Gobierno, y no su alcalde, Pedro Rico, quien vence los obstáculos para sacar adelante la ley de Capitalidad. Y es Azaña, quien declara a Madrid "como interés nacional y representación de la República". Madrid deja de ser, desde entonces, esa creación artificial de Felipe II.

Azaña concibe asía a Madrid como capital federal de la República. No es que la República sea federal, sino que necesita, aunque no lo sea, una capital federal. Y para ello es consciente de que hay que sacar a Madrid de la pobretería y garbancerismo de su Ayuntamiento, y ponerlo bajo las manos directas del Estado, y es éste, el Estado, el que debe hacer todo lo posible por ese "Gran Madrid" del futuro y es por eso que el propio Azaña encarga a Prieto el proyecto de varias obras, entre las que destaca la prolongación de la Castellana para instalar allí sus nuevos ministerios.

La República se pone a trabajar. Se pretende así "meter el ferrocarril en el corazón de Madrid", resolviendo los graves problemas de comunicación con los pueblos vecinos, que se complementaría con una red radial de carreteras. Todo un proyecto regenerador que se proponía como meta sacar de sus covachas de Ventas, Tetuán y Vallecas a esos "hermanos nuestros que viven allí peor que mendigos y facinerosos, condenados por una sociedad anticristiana".

Influía en todos estos anhelos la necesidad de ofrecer trabajo a tantos obreros de la construcción en paro y se pone en marcha la prolongación de la Castellana. Cuarenta días -escribe Azaña- tardó en realizarse el nuevo trozo del paseo que llevaba más de veinte años enredado en la "pobreza proyectista y en la nulidad verbalista de ayuntamientos y gobierno". El presidente estaba muy interesado en dar celeridad a este proyecto del Gran Madrid, a fin de que un posible cambio electoral no pudiera ya modificarlo.

De ambos, pues, Azaña y Prieto, procede el nuevo Madrid, el intento de sacar a la capital del patio de Cibeles y el corredor de la calle de Alcalá y prolongarlo hacia el norte, zona "por donde Madrid avanza, por donde Madrid se desarrolla". Y así, el 14 de abril de 1933, se inaugura el nuevo tramo de la Castellana y se pone la primera piedra de los Nuevos Ministerios.

Para vislumbrar la magnitud del sueño -escribió Santos Juliá- bastará dejar que resuenen los ecos de esa fascinación por el norte "creando la Comisión encargada de estudiar el enlace ferroviario". Madrid, se dice allí, podría adquirir "amplitudes maravillosas, quedando casi de anejos suyos ciudades tan sugestivas como Toledo, Ávila, Segovia, Alcalá de Henares y Guadarrama... y sobre todo la Sierra del Guadarrama, cuyas laderas y cimas, ansiadas para el reposo, la salud y el recreo, no son ahora asequibles a las clases humildes".

Ese Gran Madrid terminó con la salida de Prieto del ministerio de Obras Públicas a la llegada del llamado "bienio negro". A su vez, don Secundino Zuazo, arquitecto y su principal ejecutor, es apartado de su cargo de asesor y director del proyecto.

De este modo, con la llegada de la derecha al poder, se dio al traste con el Gran Madrid que soñaron Azaña y Prieto, y al que el brutal e irracional estallido de la guarra civil acabó de matar. El oprobioso régimen franquista no sólo expulsó del colegio de Arquitectos a los hacedores de este incipiente Gran Madrid vanguardista y revolucionario, sino que llegó a identificar vanguardia y modernismo con república, e impuso, en consecuencia, ese nuevo orden arquitectónico franquista que todos sufrimos y que Madrid, que es lo importante, sigue sufriendo.

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