
MADRID Y AZAÑA
(En Política, nº42
dic-2000/feb-2001)
Por José Esteban Gonzalo.
"Fue en las calles de
Madrid, donde la monarquía constitucional creada y mantenida
por el liberalismo del siglo XIX, se allanó ante su enemigo
histórico: el republicanismo",
escribió el hispanista inglés Raymond Carr.
Quizá por ello, la República no se olvidó de
Madrid.
Durante los largos años de la monarquía, la capital
del reino se había llenado de aparatosos y costosos deberes,
pero era impensable que pudiera reclamar "derechos para realizar
su función de capital de España", como escribió
El Sol. Con la llegada de la República, en cambio, se
piensa que "la exaltación de la idea de capitalidad
es indispensable para el funcionamiento nacional del régimen,
para la prosperidad y armonía de la nación entera".
Por ello, tanto por iniciativa de Manuel Azaña, como de Indalecio
Prieto, se concede a Madrid, como capital de la República,
una asignación de 80 millones de pesetas a invertir en diez
años.
Porque España -ha escrito Manuel Azaña- necesita a Madrid.
Y por ello, ante las Cortes de la ley de Capitalidad, vuelve a una
de sus viejas ideas. "Si Madrid no existiera sería
preciso inventar -digámoslo así- la capital federal
de la República española ya que Madrid es centro (...)
donde vienen a concentrarse todos los sentimientos de la Nación,
donde surgen y rebotan a todos los ámbitos de la Península
las ideas, saturadas y depuradas por la vida madrileña en todos
sus aspectos".
Azaña, cuya opinión comparten muchos de los miembros
de su generación, desea "que Madrid responda a su nombre
de capital de la República y elevarlo a aquella grandeza que
queremos dar a la República española".
No se trata de crear una nueva idea de Madrid, diferente a la que
desde siempre se había venido gestando, sino que al declararlo
su capital política se decide hacerle modelo de la España
republicana. Así, Madrid se convierte por primera vez en su
historia, dijimos, en cuestión de Estado. Es Azaña,
Presidente del Gobierno, y no su alcalde, Pedro Rico, quien vence
los obstáculos para sacar adelante la ley de Capitalidad. Y
es Azaña, quien declara a Madrid "como interés
nacional y representación de la República". Madrid
deja de ser, desde entonces, esa creación artificial de Felipe
II.
Azaña concibe asía a Madrid como capital federal de
la República. No es que la República sea federal, sino
que necesita, aunque no lo sea, una capital federal. Y para ello es
consciente de que hay que sacar a Madrid de la pobretería y
garbancerismo de su Ayuntamiento, y ponerlo bajo las manos directas
del Estado, y es éste, el Estado, el que debe hacer todo lo
posible por ese "Gran Madrid" del futuro y es por
eso que el propio Azaña encarga a Prieto el proyecto de varias
obras, entre las que destaca la prolongación de la Castellana
para instalar allí sus nuevos ministerios.
La República se pone a trabajar. Se pretende así "meter
el ferrocarril en el corazón de Madrid", resolviendo
los graves problemas de comunicación con los pueblos vecinos,
que se complementaría con una red radial de carreteras. Todo
un proyecto regenerador que se proponía como meta sacar de
sus covachas de Ventas, Tetuán y Vallecas a esos "hermanos
nuestros que viven allí peor que mendigos y facinerosos, condenados
por una sociedad anticristiana".
Influía en todos estos anhelos la necesidad de ofrecer trabajo
a tantos obreros de la construcción en paro y se pone en marcha
la prolongación de la Castellana. Cuarenta días -escribe
Azaña- tardó en realizarse el nuevo trozo del paseo
que llevaba más de veinte años enredado en la "pobreza
proyectista y en la nulidad verbalista de ayuntamientos y gobierno".
El presidente estaba muy interesado en dar celeridad a este proyecto
del Gran Madrid, a fin de que un posible cambio electoral no pudiera
ya modificarlo.
De ambos, pues, Azaña y Prieto, procede el nuevo Madrid, el
intento de sacar a la capital del patio de Cibeles y el corredor de
la calle de Alcalá y prolongarlo hacia el norte, zona "por
donde Madrid avanza, por donde Madrid se desarrolla". Y así,
el 14 de abril de 1933, se inaugura el nuevo tramo de la Castellana
y se pone la primera piedra de los Nuevos Ministerios.
Para vislumbrar la magnitud del sueño -escribió Santos
Juliá- bastará dejar que resuenen los ecos de esa fascinación
por el norte "creando la Comisión encargada de estudiar
el enlace ferroviario". Madrid, se dice allí, podría
adquirir "amplitudes maravillosas, quedando casi de anejos
suyos ciudades tan sugestivas como Toledo, Ávila, Segovia,
Alcalá de Henares y Guadarrama... y sobre todo la Sierra del
Guadarrama, cuyas laderas y cimas, ansiadas para el reposo, la salud
y el recreo, no son ahora asequibles a las clases humildes".
Ese Gran Madrid terminó con la salida de Prieto del ministerio
de Obras Públicas a la llegada del llamado "bienio
negro". A su vez, don Secundino Zuazo, arquitecto y su principal
ejecutor, es apartado de su cargo de asesor y director del proyecto.
De este modo, con la llegada de la derecha al poder, se dio al traste
con el Gran Madrid que soñaron Azaña y Prieto, y al
que el brutal e irracional estallido de la guarra civil acabó
de matar. El oprobioso régimen franquista no sólo expulsó
del colegio de Arquitectos a los hacedores de este incipiente Gran
Madrid vanguardista y revolucionario, sino que llegó a identificar
vanguardia y modernismo con república, e impuso, en consecuencia,
ese nuevo orden arquitectónico franquista que todos sufrimos
y que Madrid, que es lo importante, sigue sufriendo.
[Personajes
Republicanos]