Miércoles, 29 de Marzo del 2017
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La crisis, el modelo murciano y el rojiverde

Fernández Steinko, Carlos Martínez García, Diosdado Toledano
Rebelión


Nos encontramos al final de un ciclo político y económico: lo antiguo se está desmoronando pero lo nuevo no acaba de imponerse. Los intereses que soportan al viejo orden son aún poderosos: los gobiernos, los partidos mayoritarios, las instituciones europeas, los medios de comunicación y el discurso cultural dominante siguen en sus manos. El neoliberalismo no es una especie de feudalismo con unos cuantos oligarcas en su cúspide. El futuro de una parte de las clases medias, incluso también de las clases populares, sigue dependiendo de la revaloración de sus ahorros en los mercados financieros. Esta luna de miel entre renta financiera y clases subalternas complica la oposición al neoliberalismo aún cuando el número de sus perdedores vaya en aumento cada día. Cualquier salida justa a la actual situación pasa por romper con él, el principal responsable de la situación social y económica creada desde Maastricht, pasa por colocar al trabajo y la creatividad humana, un trabajo digno social- y ambientalmente razonable, en el centro de la agenda política. Los Estados, que han venido debilitando su poder recaudador durante treina años a favor de los ricos, se han quedado sin margen de maniobra fiscal. Tienen que acudir a los mercados financieros para pagar los sistemas de bienestar a los que les comprometen sus constituciones. Los impuestos directos son formas de redistribución de arriba abajo. Pero los mercados financieros son formas de redistribución de abajo a arriba, pues el grueso de la ciudadanía tiene que pagar con sus impuestos el servicio de la deuda, servicio que va a parar a los bolsillos de los propietarios últimos de la deuda: la alta buguersía del planeta y en menor medida también las clases medias y populares a través de los inversores institucionales. La alianza entre clases populares y finanzas es más sólida en en los países anglosajones cuyos gobiernos neoliberales liquidaron hace décadas los sistemas públicos y hoy se niegan a regular los mercados financieros porque devaluaría los ahorros de muchos de sus ciudadanos. Esta alianza es cada vez más débil en la Europa continental, una situación que también explica el bloqueo del proyecto europeo ¿qué escenarios se le abre a las fuerzas antineoliberales?

Respuesta política: hay que hacer converger las tres fuentes de poder que coexisten en una sociedad capitalista desarrollada para forzar una salida justa al neoliberalismo: los movimientos de los ciudadanos en la calle más o menos organizados, el poder institucional y el poder del trabajo organizado. Cada uno de ellos maneja lenguajes diferentes, sus tradiciones y fuentes de inspiración son distintas, sus procedimientos de lucha también, sus desencuentros aún profundos. Pero no hay posibilidad ninguna de forzar esta salida si los tres no se unen en algún momento, si no se encuentran unas determinadas formas, un determinado lenguaje para que así sea. Es el modelo de convergencia que se está ensayando en Murcia donde los movimientos sociales y los partidos políticos de la izquierda alternativa, incluídas las bases de Equo -a pesar, por cierto, de su dirección estatal- van a presentar una lista unitaria al Senado encabezada por José Coy, un conocido luchador contra los desahucios. Algunos sectores políticos, algunas mentalidades sectarias, algunas ideas herederas de una época que se acaba intentan frenar, ensuciar o bloquear esta salida. Hay que aislarlos con argumentos, con buenas maneras, con capacidad de persuación y perseverancia. Las Mesas Ciudadanas de Convergencia están en esta tarea: la extensión del modelo murciano al conjunto del Estado, al conjunto de los ciudadanos y ciudadanas de buena voluntad.

Respuesta social y respuesta económica: hay que hacer converger a los profesionales urbanos, a las clases populares que están sufriendo el principal azote de la crisis y, dentro de ellas, a los autónomos que representan más del 20% de la población activa del país. También a aquella parte de los empresarios con capacidad de generar valores de uso social y ambientalmente razonables. Un proyecto de reconversión social y ambiental basado en un programa de financiación pública, en una expansión de los mercados internos vía aumentos salariales y una desmundialización parcial de la economía española podría conformar un bloque social sólido alrededor de un "New Deal rojiverde". Su aplicación inauguraría una dinámica de empoderamiento del trabajo frente al capital, permitiría elevar la autodeteminación política y económica de la ciudadanía y poner en marcha una nueva forma de producir, de consumir, una nueva forma de movilidad, un nuevo diseño urbano, una nueva forma de vida. Abriría el camino para metas políticamente más ambiciosas y permitiría involucrar a las clases populares en un proceso de reconversión ambiental pues este les daría trabajo y recursos materiales para subsistir, para encontrar un lugar digno en la sociedad de la que forman parte.

El New Deal rojiverde sólo se podrá imponer por medio de un acercamiento entre el rojo (cuestión social y laboral), el verde (cuestión ambiental), entre el blanco, que es el color de la paz, y el violeta. La cuestión social no consiste en incorporar algunas frases de contenido rojo en las proclamas electorales. Consiste en hacer una propuesta coherente en el que las clases mayoritarias, que son las principales víctimas del neoliberalismo, sean ganadoras netas de la acción gubernamental. La cuestión de la paz no consiste en apoyar unas guerras sí y no otras, sino en romper con el uso de la coerción militar como forma de solución de cualquier conflicto, de romper con la OTAN incluido su falso discurso humanitario. El violeta no consiste sólo en hacer gestos para construir una paridad simbólica, sino en atacar los mecanismos que la destruyen: el desempleo femenino, la organización autocrática del trabajo, el reparto desigual de las tareas domésticas etc. En el Estado Español requiere, además, de un encaje nacional de raíz solidaria y redistributiva basado en el reconocimiento de la pluralidad nacional del Estado. En Europa requiere de la puesta en marcha de un espacio redistributivo continental que le deje un respiro al sur para generar empleo, para iniciar su reconversión energética, para producir y no sólo para consumir los productos del norte. La única forma de reunir el poder suficiente para este proyecto es la creación -multilateral, que no unilateral- de un marco en el que se de un goteo de acercamientos entre grupos, partidos, sensibilidades y corrientes desgajadas del sectarismo y de los partidos comprometidos con el neoliberalismo: una especie de Frente Amplio. Su primera semilla se plantó en Murcia a pesar del poco tiempo que había para hacerlo. El reto es incorporar a este espacio el trabajo organizado pues sin los productores organizados, sólo con consumidores más o menos responsables, es imposible construir un nuevo orden social y ambiental.

Hoy, el principal peligro para un New Deal rojiverde es el desmarque de una parte de los profesionales urbanos, el peligro de que abandonen su compromiso social y pacifista de antaño, de que busquen salidas individuales como clase, se aproximen al discurso de la hipercompetitividad, de la política exterior que ha generado este como ha sucedido ya en varias ocasiones. Es el intento de construir un polo verde que deje fuera a las clases populares, a los principales perdedores de la crisis, un polo de guerras humanitarias alineadas con la OTAN: el "Green New Deal" que los verdes europeos intentan desembarcar en España. Retórica electoral a parte: su objetivo son los profesionales con una renta per cápita y un capital cultural mucho menos amenazados por la crisis, gente educada que viaja mucho en avión pero que ha expulsado a los barrios pobres y a las clases trabajadoras de su horizonte político y visual, que se ha desentendido de los territorios sin recursos. Busca arrancarle un poco de verde al neoliberalismo, tiene un fuerte componente neocompetitivo, esquiva el problema de la explotación laboral y no se entusiasma precisamente con la redistribución y el sector público, excepto cuando se trata de subvencionar proyectos de contenido ambiental. Muchos profesionales siguen comprometidos con las clases subalternas: sin él será imposible derrotar al neoliberalismo. Pero el Green New Deal empuja a muchos de ellos fuera de este compromiso debilitando a los oponentes de aquel. Antepone los elementos culturales e identitarios a la cuestión social pues no tiene margen de clase para fundir ambos extremos. Es un proyecto de pan integral para habitantes de chalets con mucho verde, de bellos lofts ubicados en las almendras de las capitales: nada que objetar. El problema es que es un pan a euro y medio la barra inasquible para las mayorías. Estas, abandonadas a una lucha neodarwinista en unos barrios periféricos con recursos cada vez más escasos, son arrojadas a los brazos del populismo de derechas, al enfrentamiento identitario y a una visceral animadversión al verde puro por su flagrante insolidaridad de clase. Su capacidad de generar mayorías significativas en España es escasa debido a la composición empresarial y laboral del país que poco o nada tiene que ver con el suroeste alemán o con la Isla de Francia. Su horizonte se reduce entonces a convertirse en bisagra entre fuerzas políticas fieles al neoliberalismo, a limpiarle un poco la cara con verde menta procurando no irritarle demasiado los ojos.

¿Somos conscientes de esta encrucijada? Algunos partidos empiezan a tomar nota después de haber contribuido muy poco en el pasado a impulsar el modelo murciano. Otros operan en el sentido contrario: supresión de la cuestión social a cambio de conquistar un poco de verde sin irritar a los grandes poderes del país y pan integral a un euro y medio la barra para alargar la esperanza de vida de sus votantes. La ciudadanía indignada en la calle tiende a replegarse por el invierno y es comprensible el agotamiento. Los que se empeñan en pensar por su cuenta intuyen dos cosas: que el modelo murciano es la salida política y que una combinación no retórica entre el rojo y el verde, entre el blanco y el violeta, acompañada de una forma muy distinta de entender la participación política, es lo único con capacidad real de forzar una salida justa. Las elecciones son un momento más en una larga marcha hacia la hegemonía y la madurez demostrada por muchos ciudadanos en los últimos meses hace albergar esperanzas. Que los partidos tomen nota de esa madurez y actúen en consecuencia. Y si no lo hacen, que los ciudadanos se alejen y los penalicen con su voto y con su antipatía.

TRIBUNA: EMILIO LLEDÓ

¿Quién privatiza a los políticos?

Hay que buscar las razones de la degeneración intelectual de parte de la clase política. Es un deber de la sociedad descubrir las razones ocultas de las privatizaciones. ¿Cómo recuperaremos lo que hemos perdido?

EMILIO LLEDÓ04/10/2011

La defensa de lo público hace vivir la democracia. Hay, por supuesto, opiniones en contra que parecen apoyarse en ese latiguillo de la libertad individual para fomentar la riqueza; de la libertad de emprender, de crear, que se oculta bajo la oscurecida palabra de liberalismo. No se puede negar la importancia de los llamados bienes de consumo que, al parecer, la economía y los economistas administran. Pero el verdadero sustento de la sociedad, de la vida colectiva tan importante como la vida de la naturaleza, es la educación, la cultura, la ética. Ellas son las verdaderas generadoras de riqueza ideal, moral y material.

La democracia, que nació como lucha hacia la igualdad por medio de la reflexión sobre las palabras y por el establecimiento de unos ideales de justicia y verdad, no puede rendirse a las privatizaciones mentales de paradójicos libertadores. Sin embargo, apenas se insiste en el hecho de que la crisis que padecemos es una crisis que tantos competentes expertos, siguiendo el principio de la libertad y la competitividad, no han sabido evitar, ni tampoco las diversas burbujas -sobre todo las propias burbujas mentales- que inflaban y aireaban. Burbujas que, parece ser, les han permitido construir sin que nadie les pida responsabilidades por sus liberadas y productivas ganancias.

No es, sin embargo, una discusión sobre problemas económicos, cuyos entresijos y burbujeos desconocemos, a lo que voy a referirme, aunque haya siempre un principio de honradez y verdad en el que, seguro, todos nos entenderíamos. Aludiré únicamente a una de esas f rases vacías que hincha las palabras de ciertas oligarquías. Desde hace años, de nuevo en estos días, como manifestación del menosprecio por la enseñanza pública y por sus profesores, se habla de la libertad de los padres para elegir el centro en el que educar a sus hijos. Esa defensa libertaria no tiene que ver con el deseo de que se practique en la educación una verdadera libertad: la libertad de entender, de pensar, de interpretar, de desfanatizar, de sentir. Libertad que, por encima de todas las sectas, debería fomentar la combatida Educación para la Ciudadanía y la identidad democrática. Una libertad que enseñase algo más que la obsesión por el dinero y por el solapado cultivo de la avaricia. A lo mejor, esa educación les obligaba a dimitir a algunos personajes de la vida pública, por vergüenza del engaño que arrastran y contaminan. Mejor dicho: haría imposible que se dieran semejantes individuos.

Ese sermoneo se funda sobre todo en el fomento de la privatización de la enseñanza que alimenta el dinero y la desigualdad. ¿Pueden gozar de esa libertad todos los padres? ¿También los de los barrios más modestos de las grandes ciudades? ¿Pueden ser libres para mandar a sus hijos a esos colegios privados? Centros que proliferan por nuestro país y que apenas pueden compararse, a pesar de sus supuestas y publicitadas excelencias, con cualquier colegio o instituto público de Francia o Alemania. Por lo visto los padres franceses o alemanes ni siquiera se han planteado esa posible libertad que, lógicamente, no necesitan. En ese mismo derrotero andan algunas universidades, que anuncian sus excelencias pregonando que "los alumnos encontrarán las profesiones que les permitirán colocarse rápidamente en la empresa". ¡Magnífico ideario para fomentar la vida universitaria, la pasión por el saber, el crear, el innovar! En el fondo, toda esa propaganda libertaria es fruto de planteamientos políticos, de dominio ideológico, de sustanc iosos prejuicios clasistas, que con doble o triple moral predican libertad, cuando lo que realmente les importa, aunque quieran engañarse y engañarnos, es el dinero. Solo por medio de una ideología de la decencia, de la justicia, de la lucha por la igualdad, tan problemática siempre, puede alzarse el sistema educativo de nuestro país, de todos los países. No puedo por menos de citar un texto de Giner de los Ríos, entre muchos de los que podrían citarse del olvidado precursor: "El dogmatismo, el dominio sectario sobre los espíritus, el afán de proselitismo doctrinal, tantas otras formas de opresión y de coacción muestran cómo esa tutela se corrompe, y en vez de disponer gradualmente al hombre para su emancipación procura disponerlo para perpetuar su servidumbre".

En este punto tendríamos que preguntarnos: ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Qué palabras huecas, convertidas en grumos pegajosos aplastan los cerebros de los que van a administrar lo público, o sea lo de todo s, si la corrupción mental ha comenzado por deteriorar esas neuronas que fluyen siempre hacia la ganancia privada? No se entiende bien cómo a esos destructores de la idea de lo público les votan aquellos que perderían lo poco que tienen en manos de tales personajes. A no ser que la mente de esos súbditos haya sido manipulada y, en la miserable sordidez de la propia ignorancia, esperen alguna migaja, algún botón del traje que viste el supuesto partido político que les arrastra.

Habrá, como digo, que ir estudiando las razones que mueven el comportamiento de esos padres de la patria que tienen el deber de organizar, no para su provecho y el de sus amigoides o amigantes, eso que se suele llamar, más o menos acertadamente, el bien común. Un pueblo "maravillosamente dotado para la sabiduría", como decía Machado, y al que hay que dar ejemplo para que no pierda el sentido de la justicia, de la honradez. Es importante conocer en los defensores de la libre empresa, en los apóstoles de la privatización, qué empresa, ideología, fanatismo, les ha privatizado a ellos. Porque se trata de evitar que la patología individual de esos sujetos se convierta en patología, donde se hunde la vida colectiva.

Es un deber de la sociedad investigar y descubrir las razones ocultas de las privatizaciones. Parece que la raíz de todas ellas, con independencia de determinadas claves genéticas, brota también de la educación, de los ideales que, al abrirnos al mundo del saber y la cultura, hayan acertado a enseñarnos aquellos en cuyas manos está alumbrar la inteligencia y la sensibilidad. Las opiniones que se clavan en las neuronas y que determinan la forma de actuar sobre las palabras y sobre aquello a que esas palabras nos empujan, proviene de esos reflejos condicionados que, desde la infancia, han aprisionado nuestra manera de ver e interpretar el mundo.

Podemos intuir que la degeneración intelectual de buena parte de la clase política, y de los llamados emprendedores -los que, por ejemplo, emprendieron la destrucción de nuestras costas-, procede de esos conglomerados ideológicos en los que se mezclan, con la indecencia, alguno de los males a que se ha aludido. ¿Quién privatiza a los políticos? ¿Quién nos devolverá, en el futuro, la vida pública, los bienes públicos, que nos están robando?

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