Jueves, 14 de Diciembre del 2017
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Es para IZQUIERDA REPUBLICANA un honor intervenir en este acto, y nuestras primeras palabras queremos que sean de agradecimiento para quienes han hecho posible el feliz desenlace de este homenaje al más relevante político y orador parlamentario del siglo XX español, don Manuel Azaña Díaz, que fue además escritor, jurista y traductor.

No hay un orden en importancia; todos han colaborado de forma entusiasta:

Vaya nuestro reconocimiento a don Gaspar Llamazares, que desde el comienzo de la legislatura se empeñó en conseguir que el presidente Azaña tuviese una escultura en el Congreso de los Diputados.

A la dirección de Izquierda Republicana, el partido de Manuel Azaña, al que nos honra pertenecer, y en especial a su Secretario General, el profesor Javier Casado, y a Isabelo Herreros, buen conocedor de la vida y obra del hoy homenajeado.

A doña María Teresa de Castro, Jefa de Patrimonio Artístico del Congreso, gran profesional, en quien hemos encontrado desde el primer momento un apoyo fundamental, para superar todos los problemas técnicos del proyecto.

Al presidente del Congreso, José Bono, admirador de Manuel Azaña, por la acogida que ha dado a este sueño, y que ha propiciado que la ubicación de la escultura sea en este histórico salón. Se da la coincidencia de que el Sr. Presidente es natural de Albacete, en su día bastión político del republicanismo azañista, y donde pronunció nuestro fundador importante discursos, en el Teatro Circo de la capital. En Albacete se encontraba como en casa y por ello cerró allí su campaña en las elecciones de febrero de 1936. En la desventura del exilio le acompañaba, en sus últimos momentos, en Montauban, un diputado de Albacete, también buen amigo, Enrique Navarro Esparcia. También en Toledo se encontraba Azaña como en familia; decía públicamente que se consideraba toledano, por sus orígenes, y allí había comenzado su andadura política como candidato por Puente del Arzobispo en 1918.

Son pocos los testimonios que en forma de calles, plazas o monumentos rinden homenaje en España a Manuel Azaña. En Madrid, ciudad a la que tanto quiso, y para la que soñó grandes proyectos urbanísticos de modernización, algunos llevados a cabo, al día de hoy solo existe un recuerdo: Se trata de un bajorrelieve en el lugar en el que estuvo su casa, en la calle Serrano, gracias al primer ayuntamiento democrático tras la guerra civil, presidido por Enrique Tierno Galván. Hoy nos acompaña un miembro de aquella corporación, también eminente azañista, el profesor Enrique Moral Sandoval.

En este salón en el que nos encontramos fue recibido don Manuel Azaña, el día 11 de mayo de 1936, tras su elección como presidente de la República, el día anterior, en el Palacio de Cristal del Retiro madrileño. Fue seguramente su última visita. Atrás quedaban días de gloria y también de amargura, en su época de ministro, presidente de Gobierno o diputado de la oposición al gobierno radical-cedista.

Hace unos días falleció un gran poeta del exilio, español trasterrado, Tomás Segovia, y que en una entrevista declaraba hace unos años: "La República es lo único bien hecho en la historia de España".

Manuel Azaña fue la encarnación misma del régimen del 14 de abril, aquella ilusión ciudadana, que desembocaba en la libertad y la justicia, tras más de cien años de crecer, en los centros republicanos, en las casas del pueblo o en la universidad, aquel riachuelo liberal del que hablaba Francisco Giner de los Ríos, de quien Azaña había sido alumno.

Se cumplía el sueño de la Institución Libre de Enseñanza y de la Junta de Ampliación de Estudios. Coincidían en aquellos años varias generaciones, formadas en el krausismo, y que daban sus frutos en la ciencia, la literatura y las artes.

Manuel Azaña quiso llevar la racionalidad a la política, asentar las instituciones y la división de poderes. Hacer del Parlamento el centro neurálgico de la política. Todo ello a través de la elocuencia y la capacidad para convencer, a unos y a otros de la necesidad de modernizar España, de adelantar la civilización. Hacer una república de ciudadanos libres y responsables.

A el se debe la incorporación de la clase obrera a la acción de gobierno. Era un convencido de la unidad de la izquierda y de la necesidad de que el Partido Socialista se implicase en la acción de gobierno, en particular en todo lo que tenía que ver con la puesta en marcha de reformas de justicia social, como el derecho de amparo del Estado a los desempleados, el derecho a la sanidad o a la educación gratuita y laica, así como la incorporación de los sindicatos a las instituciones del Ministerio de Trabajo.

En este palacio del Congreso de los Diputados pronunció Manuel Azaña discursos de dimensión histórica. En algunos casos convenció a quienes no lo estaban, y consiguió apoyos hoy impensables. En la memoria más noble de la Segunda República han quedado los discursos pronunciados para sacar adelante la reforma militar, o en el debate constitucional, cuando había posiciones encontradas en torno al alcance de la separación Iglesia Estado, con el artículo 26 de la Constitución. También cosechó un gran éxito parlamentario, muy aplaudido por toda Cataluña, cuando defendió el Estatuto que daba el autogobierno a la Generalitat. Bajo su gobierno se construyeron más de once mil escuelas, y las misiones pedagógicas llegaron a todos los rincones de España.

Mucho más se podría decir de la acción parlamentaria y de Gobierno de Manuel Azaña, supeditada a una ambición: modernizar España. De aquella noble aspiración habla uno de los personajes de La Velada en Benicarló:

Pienso en la zona templada del espíritu, donde no se aclimatan la mística ni el fanatismo políticos, de donde está excluida toda aspiración a lo absoluto. En esta zona, donde la razón y la experiencia incuban la sabiduría, había yo asentado para mí la República.

Para un artista contemporáneo â??en palabras de Evaristo Bellotti, escultor y militante de IR que reproducimos de su discurso- no hay una manera convencional de abordar el encargo de una escultura que represente a un hombre. A nuestra propia lengua - atravesada de contemporaneidad - le resulta incómodo designar una obra como esta: "busto", "retrato", "cabeza", "efigie" no encuentran acomodo en un mundo que ha multiplicado exponencialmente la capacidad de reproducir y reducir a imágenes, estáticas o en movimiento, todo lo existente; de modo que ya no concebimos las imágenes como reproducciones del bulto, como replicas de una realidad que se diría ha emigrado de la realidad misma a otra virtual. Los espectros de nuestros antepasados ya son fotografías.

La convención contemporánea exigiría, por tanto, una fotografía. No obstante, en las grandes ocasiones parece que persiste la necesidad del bulto redondo, de la emergencia en tres dimensiones de una realidad física por la que seguimos deambulando. Y entonces la escultura ha tenido una ocasión de hacerse.

Para hacerla sin incumplir la regla del parecido, sólo tenía una colección de fotografías correspondientes a momentos distintos de la vida de Don Manuel Azaña Díaz, el Presidente de la Segunda República española. Por qué ha faltado hasta hace tan poco tiempo una imagen de Azaña en el Congreso de los Diputados es una pregunta inevitable, tan inevitable como la dimensión política que ha cobrado el encargo y, por consiguiente, el encuentro imposible de la política, de las razones de Estado con la razón del arte. Pero, ¿qué razón puede introducir el arte donde tanta razón ha faltado?

¿Qué puede hacer la escultura si no restituir la imagen del que tanto ha faltado? ¿De qué modo si no dando un salto a la contemporaneidad de Azaña, al tiempo de Azaña?

Las preguntas, en efecto, venían preñadas. Porque el arte sí puede sortear el tiempo, vencer la determinación histórica, imaginar otros relatos, afirmar otras posibilidades, liberar el trabajo. La década de los años treinta fue convulsa porque fue una época de liberación. Una época que Azaña vivió hasta morir con ella. Y con Azaña en el centro de aquella España confluyeron tres generaciones de hombres y mujeres disconformes, dispuestos a hacerlo todo de nuevo y mejor. Entre ellos los artistas, entre los artistas, los escultores: Victorio Macho, Alberto Sánchez, Emiliano Barral y Francisco Pérez Mateos, entre otros. Tiempo de retornos, tiempo de retorno a la talla directa de la piedra, tiempo de retorno a la modernidad de los primitivos, tiempo de retorno a los realismos, tiempo de la Nueva Objetividad, aquella intuición genial de Francisco Pérez Mateos. Si Pérez Mateos hubiera hecho esta escultura, esta escultura sería mejor. Si España hubiera superado aquel trance, Pérez Mateos habría podido hacer muchas más esculturas. No menos que Azaña ver cumplido su proyecto.

Si tallando la escultura he sentido el aliento de Azaña, he alucinado creyendo percibir su olor corporal, he entendido la infinita melancolía en sus ojos, es porque el espectro de Azaña, preso en las imágenes, nos sigue llamando desde el interior de las fotografías a este exterior, a este hoy en el que seguimos sin cumplir las obligaciones debidas a nuestros antepasados. Probablemente aquí radique la razón del realismo, la necesidad de mimetizar las fotografías, de conectar y cumplir con aquellas generaciones el último proyecto de la Ilustración.

El pensamiento y la acción política de Manuel Azaña, su idea de España, deberían de ser objeto de estudio, en particular por quienes en los próximos años, de la derecha y de la izquierda, se van a tener que enfrentar con problemas de difícil resolución, como será la crisis del diseño autonómico de la Constitución de 1978. Manuel Azaña fue ante todo un pensador, un estadista y un gran patriota español, y así lo dejó escrito su amigo y correligionario Antonio Machado, en el prólogo al libro Los españoles en guerra:

Una buena enseñanza, entre otras muchas, hemos de sacar de nuestra República, en estos años terribles: España, la tierra de las negligencias lamentables, ha sido también el pueblo de los aciertos insuperables: supo elegir su presidente. Y como la grandeza de los hombres de Estado no puede medirse por la extensión de los territorios en que ejercen su elevada función, el nombre de Azaña quedará en la historia con una significación universal y como una enseñanza inolvidable.

Vea el reportaje de RTVE aquí: El busto de Manuel Azaña ya está en el Congreso

Vea el reportaje de Antena 3 aquí: Colocan el busto de Azaña en el vestíbulo de Isabel II del Congreso

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